RESUMEN DEL LIBRO " EL LABERINTO DE LA SOLEDAD", DE OCTAVIO PAZ
Resumen del libro “El
Laberinto de la Soledad” de Octavio Paz
Octavio Paz reflexiona sobre la identidad y la nación mexicana
en plena mitad del siglo XX, cuando México enfrentaba ya las desilusiones de la
revolución de 1910. En ese tiempo el mundo también enfrentaba una radical
transformación capitalista, la expansión de la ideología socialista y las
consecuencias de la Segunda Guerra Mundial concluida en 1945.
El autor acude al género literario del ensayo, cuya flexibilidad
permite cavilar sobre un tema sin la pretensión de dictar cátedra ni revelar
leyes universales. Se trata de una reflexión, el discurrir de la propia
conciencia. El ensayista sabe que la identidad, así como un laberinto, es un
problema a resolver.
En los primeros cuatro capítulos del libro, Octavio Paz analiza
los movimientos migratorios, los símbolos, los modales y los rituales de la
cultura. Su tesis principal se enfoca en la convicción de que el ser mexicano
se funda en la soledad, no como cosa existencial, sino como imaginario colectivo
e imagen histórica.
Para definir al mexicano, Paz recorre el camino a la inversa: su
primer esfuerzo consiste en mirar la identidad mexicana fuera de sus fronteras.
Luego, centra su estudio en el corazón de México mismo, para analizar las
máscaras sociales que derivan en el "ninguneo" como práctica
colectiva.
Así, recorre los símbolos de las fiestas y del culto a la
muerte, percibida como una venganza de la vida. Finalmente, reflexiona sobre
las perspectiva de un patriarcalismo, fundado en la humillación y violación
simbólica de la madre.
Los capítulos del 4 al 8 repasan la historia: la conquista y la
colonia, la independencia y la revolución, la inteligencia mexicana y los días
contemporáneos de Paz en aquel momento.
El pachuco y otros extremos (capítulo 1)
Resulta interesante que Paz sitúe su primer
acercamiento a la identidad mexicana fuera de sus fronteras, en Los Ángeles.
Para la década de 1950, en esta ciudad existía un grupo cultural conocido como
"pachucos". Se trataba de bandas de jóvenes, casi siempre mexicanos,
con un deseo manifiesto de ser distintos, tanto de su origen como hacia la
cultura de acogida. Para el autor, el pachuco pretendía infundir miedo en busca
de la autohumillación, su voluntad era la de no-ser.
Así, el pachuco resulta ideal para la imagen que acompañará todo
el libro: la soledad mexicana nace del sentimiento de haber sido arrancado. Por
tanto, la tesis fundamental será que la historia de México es la búsqueda del
vínculo o del origen, de cuya pérdida deriva su soledad esencial.
Paz se pregunta: ¿qué hace diferentes a los mexicanos? ¿Qué los
diferencia de los estadounidenses? Entonces plantea que el vecino del norte
confía en el futuro. Lucha por sus ideales a través del perfeccionamiento del
sistema y no de la invención. Parte de un optimismo que niega la realidad,
gusta de historias de policías y de hadas, así como de comprender y regodearse
en el humor. Eran, al menos hasta la Segunda Guerra Mundial, crédulos.
En cambio, los mexicanos contemplan el horror en su cultura, le
rinden culto a la muerte. Son creyentes, pero no crédulos. De igual manera, no
son optimistas, pero creen en los mitos y las leyendas.
Máscaras mexicanas (capítulo 2)
En este capítulo, se reflexiona sobre las actitudes de
autodefensa, resignación e ironía mexicanas que funcionan como máscaras que
ocultan la realidad. Así, establece que el mexicano es cerrado. En esta
cultura, abrirse o mostrarse, es percibido como debilidad y traición. Octavio
Paz piensa que esto es visible en expresiones del lenguaje como "no te
rajes", una máxima mexicana.
"Rajarse" es mostrar lo que se lleva dentro, es estar
al alcance de la penetración, de la invasión, del ultraje y de la violación.
Por eso, relaciona el carácter cerrado del mexicano con el machismo reinante,
ya que la mujer corresponde a la imagen de lo abierto por naturaleza, la raja
que nunca se cierra. Abrirse es "venderse", dice Paz.
Así, el pudor es una máscara que protege la intimidad. Si del
hombre se espera la reserva, de la mujer se espera el recato. El cuerpo
"muestra" el ser.
En este capítulo, Paz postula también que lo cerrado vive en
México como amor a la forma. De allí el ritualismo y también la consolidación
del barroco, tanto literario como plástico, por sobre otros paradigmas
estéticos.
Todos los santos, día de muertos
(capítulo 3)
No debe extrañar que el mexicano guste de las fiestas públicas.
Estas son canales de purificación por medio del caos, momentos excepcionales en
los que la gente puede abrirse, "rajarse". La fiesta permite la
expresión. Según Paz, expresarse es romper con uno mismo. La fiesta permite que
por un día sea exhibido aquello que la cultura cotidiana impide. Ese es el
lugar del día de muertos o de la fiesta del grito.
La cultura mexicana de la fiesta es un culto a la muerte que
Octavio Paz observa como símbolo de una venganza contra la vida. Las
representaciones populares de la muerte son abordadas por el autor como
símbolos de la insignificancia de la vida humana.
Los hijos de la Malinche
(capítulo 4)
Una de las mayores preocupaciones de Paz es el capitalismo y su
relación con México. Según el autor, el capitalismo representa el despojo de lo
humano al reducirlo a mera fuerza de trabajo. Así, irrumpe en la sociedad y
transforma el orden y los símbolos en utilidades.
Si el campesino representa el misterio y la tradición, el obrero
está disuelto en lo genérico de la clase, pues no es dueño ni de sus
herramientas, ni del resultado de su obra ni de sus ganancias. El obrero cumple
apenas una función en la cadena de producción. Por lo tanto, su trabajo se
deshumaniza. Cosa semejante pasa con el técnico. La sociedad capitalista se
hace eficaz, pero pierde el rumbo.
En medio de ello, el mexicano se mantiene en la lucha con sus
entidades del pasado, cuyas fuentes se encuentran en la conquista. Será este el
lugar de la expresión lingüística "¡Viva México, hijos de la
chingada!"; pero ¿quién es la chingada?, se pregunta el autor.
Será esta una frase usada en contra de los demás: los otros, los
extranjeros, los malos mexicanos. Si bien chingar tiene un significado
diferente en cada región de América Latina, siempre tiene una connotación
violenta, pues refiere a una forma de agresión.
Según Paz la chingada es "la madre
abierta, violada o burlada por la fuerza". Es doña Malinche, amante de
Cortés, por lo que sus hijos son el engendro de la violación. Si la Malinche
"se ha vendido", ha traicionado a su gente, el mexicano no la
perdona. Ha roto con su madre, ha perdido el vínculo.
Esta frase es la sarcástica humillación de la
madre y la afirmación violenta del padre. Ese es el grito de la revolución. Por
eso, la revolución niega lo diverso e impone al hombre en la cúspide. Cerrados
una vez más, los mexicanos viven la orfandad y la soledad.
Conquista y colonia (capítulo 5)
Frente a la conquista y a la colonización, los aztecas sienten
que los dioses los han abandonado, los han dejado en la orfandad. España, en
aquellos años, no es la España medieval cerrada, sino que está abierta a la
universalidad por influencia del Renacimiento. Por eso España aplica y adapta, pero
no inventa, según Octavio Paz.
La Iglesia Católica, también de pretensión universal, le ofrece
a los indígenas una filiación y un refugio. En última instancia, un rol o
papel, así sea el último de la sociedad. De allí que la religión católica haya
cumplido un papel cohesionador.
De la misma manera que España no inventa, sino que aplica y
adapta, el arte novohispano no pretenderá la originalidad. Pretenderá la
universalidad.
Sor Juana Inés de la Cruz será ejemplo de ello. Pero ella
también, como hija del orden colonial impuesto en México, vivirá la doble
soledad: la soledad de la mujer y de la intelectualidad. Como es de esperarse
en la cultura de la máscara, el disimulo y el ninguneo, sor Juana acabará por
guardar silencio y acatar el rol que se le ha impuesto.
De la independencia a la
revolución (capítulo 6)
La decadencia del orden colonial trae consigo una imagen de
América Latina como un futuro por realizar y no como una tradición a continuar.
Según el autor, los líderes de la independencia anteponen las
ideologías como una máscara, puesto que no plantean un nuevo orden, sino la
perpetuación del orden anterior en manos de los herederos. Por eso, la
independencia mexicana será una guerra de clases y no una guerra con la
metrópolis; será una reforma agraria en gestación.
La confusión que se genera en México en aquellos años permite
que EE.UU. aproveche la situación para robar la mitad de su territorio, lo que
hiere de muerte al caudillismo militar y golpea la moral mexicana. Es una raja,
es la tierra violada, penetrada.
El porfirismo posterior será heredero del feudalismo colonial.
Es la imposición de una minoría. Aparece así, una vez más en la historia de
México, la simulación, apenas útil para romper con el pasado, pero incapaz de
crear un orden real.
Para Paz la revolución mexicana es la primera y verdadera
revelación del ser mexicano. Aunque nació sin programa, su proceso fue
auténticamente de base y muy anterior a las revoluciones socialistas del siglo,
empezando por la rusa.
Sin embargo, hallaría sus límites al llegar al gobierno. Por
ello, atrapada en su condición orgánica sin programa ideológico, acaba por
adoptar un programa liberal, asimilar un discurso socialista y sufrir las
consecuencias del imperialismo. Lo que nace por primera vez desde la autenticidad,
se transforma en un disfraz. La revolución quiere regresar al origen y esa
voluntad de regreso es fruto de la soledad.
La inteligencia mexicana
(capítulo 7)
En este capítulo, Octavio Paz aborda el surgimiento y evolución
de una nueva generación de intelectuales que acompañó el proceso
revolucionario. Surgieron toda clase de artistas e intelectuales al servicio de
la revolución, que debieron formarse en áreas ajenas para desarrollar un papel
en la administración del Estado. Algunos, al identificarse con el gobierno,
perdieron el espíritu crítico del oficio.
El autor celebra la política educativa desarrollada por José
Vasconcelos. Este secretario de educación impulsó importantes reformas y brindó
los espacios para el desarrollo de las artes de inspiración popular y nacional,
como el muralismo mexicano.
Asimismo, Paz destaca el valor de importantes intelectuales que
marcaron la diferencia y constituyen referencias fundamentales, como José Gaos
y Alfonso Reyes, entre muchos otros.
Nuestros días (capítulo 8)
Al reflexionar sobre su actualidad, Octavio Paz reconoce que la
revolución creó a la nación y le dio entidad. No obstante, fue incapaz de crear
un orden vital en el cual pudieran encontrarse las respuestas que los mexicanos
han buscado a lo largo de su historia, especialmente desde el momento en que
comenzaron a tomar consciencia de su especificidad.
Luego, se enfoca en los límites y alcances de los modelos de
orden político, económico y social que dominan el mundo occidental y que
afectan el proyecto de país. El capitalismo y el socialismo se muestran como
sistemas insuficientes para dar respuesta a las necesidades mexicanas, lo mismo
que las realidades de otras naciones.
La revisión de la historia, los símbolos, el lenguaje y los
rituales hechos por el autor hasta este punto, no son más que un esfuerzo por
encontrar los derroteros que conduzcan a la liberación del hombre.

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